Reseña: ‘La carta’ – José Luis González, La pérdida del realismo.
0 comments Posted by JediDork at 7:39 AMEs difícil encontrar un cuento que pueda contener todas las características de un género literario, en un lugar; un cuento que recoja todo lo que ‘hace’ un género. José Luis González no solamente logró reunir la esencia del realismo en un cuento, lo hizo en uno corto.
‘La carta’ es quizás el relato más famoso de él, aunque recibió multitud de premios por otras obras y libros publicados. Su estilo nunca deterioró. Siempre mantuvo una forma estándar cuando escribió, sean novelas, cuentos o ensayos. Sus temas eran puros realistas, acerca del menosprecio y la opresión del puertorriqueño en el mundo real. En ‘La carta’ vemos un vagabundo escribiéndole a su madre, mintiendo acerca de su condición económica. Nos deja con un sabor amargo y triste. La pena es un valor importante en la mayoría de la literatura de José Luis González. En casi todos sus relatos hay por lo menos un personaje que sufre de algún cantazo emocional, o experiencia un cambio de percepción del mundo.
El lenguaje de José es bien fácil de entender. Aunque imita el hablar cotidiano, no utiliza un español rebuscado. Sus narraciones son simples, cortas y cualquier lector puede terminar sus cuentos y entender todo. No es un rasgo común en el realismo. Quizás hasta su escogido de palabras era una crítica al mundo. Tal vez decidió no usar palabras difíciles. Nunca sabremos.
"...el realismo no debe ser un movimiento literario, ni arte. Es un pedido de ayuda, es una advertencia..."
‘La carta’ es un relato corto pero es sumamente amplio en significado. Las connotaciones sociales que implica son agravantes. La crítica social es sólo pareja a la indiferencia del ser humano. Toca tantos temas simples con unas pocas palabras. La narración de este cuento es interesante, porque mezcla un narrador omnisciente con otros personajes. Se puede ver en otros cuentos de González, cómo los narradores cambian a través del relato. El juego con la forma de contar la historia es una de las cosas que más entretiene al lector, y más da ganas de seguir leyendo. Es algo constante en González y puede ser una herramienta importante si es utilizada bien. El narrador omnisciente es clásico, sin embargo la mayoría del cuento es contado de una manera moderna, mostrando los datos incubiertos.
Sus finales siempre dejan al lector en un estado pensativo, y en este caso es igual. El tema es tan cotidiano y cultural, que el lector no tiene más remedio que reflexionar un poco de su propia vida. Las implicaciones y el juego de narradores es perfectamente usado.
José Luis González sirve como una inspiración a todo autor, ilustro o nuevo. Es más, sirve como una inspiración para el mundo entero. Toda la literatura Realista trata de convencernos de que hay algo en la vida que se debe mejorar, que estamos haciendo algo mal -aunque nos lleva a pensar que el autor es igual a nosotros y, por ende, hace las mismas cosas que el resto de los habitantes. Entonces, ¿por qué tan justificado el autor realista? ¿Se cree diferente?- y los autores realistas utilizan la literatura para tratar de cambiar el razonamiento crítico y el comportamiento de la audiencia. En teoría, el realismo no debe ser un movimiento literario, ni arte. Es un pedido de ayuda, es una advertencia de que estamos empeorando nuestra calidad de vida.
Quizás por tener autores tan efectivos como José Luis González, quien escriben cuentos y novelas tan ricas para leer, tan importantes para la literatura que se deben mantener como tesoros históricos, que han convertido el realismo en una herramienta comercial, se ha perdido el significado real y el propósito del realismo literario.
-Sólo llevamos dos días aquí. ¿Ya te vas a quejar de todo?
-¡Sí!
Los amigos rieron juntos, mientras hacían su ronda de guardia. La noche era silenciosa y escalofriante. Las barracas eran como un panal vacío. Sólo los soldados en guardia andaban visibles. Sus pisadas levantaban leves nubes de arena tan fina que parecía polvo. De noche el suelo del desierto entero se veía blanco, como si caminaran en sal. Fabián miraba a su alrededor, aunque la luz de los focos estacionarios no dejaban ver más de varios pies de distancia. Todo alrededor de ellos era una pared negra. Un abismo horizontal. Una boca abierta con ellos en el centro. La noche los encarcelaba. David, a su lado, inspeccionaba su rifle y caminaba por instinto. Escupió y dijo con tono de aburrimiento:
-¿Para qué tenemos que hacer estas malditas rondas? No es como si alguien nos fuera a invadir. Es más, apuesto un día de descanso a que nunca ocurre algo mientras estamos en esta base. De hecho, ¿cuánto tiempo es que estaremos aquí?
-Ya te dije, cuarenta días. Después nos movemos hacia otra base para hacer exactamente lo mismo. Y ojalá no veamos algo raro mientras estamos aquí, tú serías el primero en salir corriendo.
-Claro, Fabián, se me olvida que eres el valiente…
-¡Fabián! Chico, te espaciaste de nuevo. ¿Me escuchaste?
El joven despertó y se sobó los ojos. Se rascó la quijada sin afeitar. Respiró hondo y botó el aire a la misma vez que comenzó a mover su silla de ruedas.
-Perdóname, Julio…
-Ya qué importa. No haces más que dormir, pendejo.
El grupo de amistades se rió en conjunto. Fabián siguió empujando su propia silla, estoico hacia el insulto repetitivo. El día era claro, la brisa refrescante. El puente por el que andaban se meneaba con el paso de los autos. Debajo de ellos el agua parecía incitar a zambullirse en sus honduras. El oleaje era rápido, la corriente parecía empujada por el aire. Todo a su alrededor tenía algo que hacer.
-Mejor pregúntame otra vez y ya.
-Te pregunté si te recuerdas de cuando nos encontramos en el hospital. ¿Te recuerdas de ese día?
-Claro.
Julio se volteó hacia las amistades que los acompañaban:
-¡Llevaba tres noches corridas llorando como una nena! Fui a su cama para decirle que se callara la boca y ahí fue que me di cuenta de que era Fabián. Hacían cuatro años que no lo veía.
Fabián ni cambió su vista del horizonte. Se le hacía fácil ignorar las acusaciones vacías. Julio acomodó su brazo derecho, guardó la mano en su bolsillo para que no estorbara.
-Tuve que quedarme con él casi todo el tiempo, porque si no se volvía una mierda solo.
-No fui el único que volvió herido…
-¡Herido volví yo! Tres balazos en el pecho y uno en la pierna. ¡Tú llegaste apendejáo’!
Los autos en el puente corrían veloz. El eco de sus motores era fuerte, tan cerca de ellos, que le incomodaba a Fabián. Sus brazos seguían empujando las ruedas de su silla…
Un ruido momentáneo, como el deslice de una culebra en la grama, hizo detener a Fabián. David siguió hacia delante.
-¿Qué te pasa?
-Creo que escuché algo.
Esperó un instante, mirando la sombra gigante que parecía consumir el planeta sólo a unos pies de él. Le pareció ver algo moverse pero no estaba seguro. No pudo definir… en el borde de la luz vio la arena blanca moverse.
-Algún animal, o algo así.
-Puede ser.
Siguieron caminando. Detrás de ellos sintieron otros soldados que también tenían ronda de vigilancia. Eran de su tropa. Fabián se volteó para saludarlos y lo que recibió fue una salpicadura de sangre en la cara. El cuerpo del soldado cayó inmediatamente al piso, con un roto en la frente. A Fabián le tembló el labio. David lo agarró y se tiraron al suelo. Rápidamente se encendió una alarma y los focos de emergencia brindaron aun más luz al campamento. Estaban rodeados. Figuras negras, encapuchadas, escondidas entre las dunas y la arena, comenzaron a disparar hacia el interior de la base. Los demás soldados corrieron, esparciéndose por el perímetro como hormigas. En la luz se podían ver balas volar por milisegundos hacia ellos. Fabián miraba a su alrededor, sin saber a donde apuntar su rifle; todo se convirtió en un escándalo, un tumulto de ruidos, griterías, disparos, órdenes. Sintió el agarre de David en su espalda, jalándolo a sus pies.
-¡Sígueme!
Corrieron a ciegas por el desorden, el eco abundante a su alrededor…
-Llorabas tanto que tuve que darte algunas bofetadas, para que te tranquilizaras. Estabas loco por morirte. Cuando nos dijeron que nos iban a traer devuelta yo les dije que no quería, que yo estaba bien; yo podía seguir luchando pero los muy cabrones me rechazaron.
-Tienes un brazo paralizado, Julio. ¿Qué pretendías que fuera a suceder?
-¡Sólo hace falta una para disparar! Yo todavía soy útil. No como tú, que te jodiste.
Eran los únicos dos veteranos en el grupo de amistades. Fabián se burló del último ataque personal. Julio nunca cambiará. Se detuvieron cuando escucharon un chillido de gomas y una bocina. El impacto de los automóviles retumbó por todo el puente y a todos lados cayeron pedazos de vidrio. La bocina de uno de ellos se quedó encendida, mientras el humo comenzaba a regarse por el aire.
Los muchachos miraban desde lejos, hasta que se encaminaron hacia el accidente. Todo sucedió en un instante. Un auto que venía demasiado rápido, conducido por una adolescente, se estrelló contra los carros detenidos y voló. Fabián siguió con la vista cómo el auto se descarriló y se trepó en el borde. Ondulaba entre una mitad sobre agua y la otra sobre el puente. Permaneció quieto, estable, nadie se movió por miedo de que se terminara de perder el equilibrio. Fabián observó la joven que estaba sentada dentro, aterrorizada. Ella le devolvió la mirada. Y con un crujido de metal, como un último grito de auxilio, lentamente se cayó al agua…
Cayeron en un refugio pequeño, una trinchera ocupada con dos compañeros y una metralleta estacionaria. Fabián permaneció sentado y vio uno de los soldados caer muerto a su lado. David miró sobre la superficie y disparó sin rumbo con un grito salvaje. Una explosión sonó demasiado cercana y parte de los escombros se desbordaron hacia el centro de la trinchera. Fabián se cubrió la cara y trató de ponerse en cuclillas para disparar junto a David. Sus piernas lo traicionaban. Sujetaba el rifle como a un hijo. Alguien le agarró el cuello de su uniforme y lo levantó.
-¡Dispara, coño!
Fabián apretó el gatillo y lanzó balas hacia la oscuridad. Frente a él, la arena explotaba cuando las balas perdidas se enterraban. Vio compañeros corriendo, vio más muertos. David recargaba su arma.
-¡Tenemos que salir de aquí!
-¿Cómo? -respondió Fabián.
-Cuando yo te diga, corre hacia el centro de la base. Ahí estaremos más lejos. Yo te cubro. Cuando llegues, grita mi nombre, yo salgo y tú me cubres.
Fabián miró detrás de él, todo lo que tenía que correr. Las piernas le temblaban pero se preparó. En ese instante una granada cayó dentro de la trinchera.
-¡Corre! ¡Corre!
Fabián y David, ambos brincaron sobre el borde y corrieron. Un segundo después la trinchera explotó con un soldado todavía adentro. La explosión los tumbó al suelo, y Fabián escuchó un grito de David. Rápidamente miró hacia su amigo y lo vio boca abajo y gritando. La explosión le había quemado la mayoría del rostro y le faltaba una pierna. Levantó la mano hacia Fabián, llorando algo incomprensible. Fabián no podía creer lo que veía. Se puso de pie, aterrado, petrificado. David lo llamaba pero Fabián se encogía del miedo. El instinto lo sobrecogió. Dio la vuelta y se fue corriendo, dejó a David atrás. A su espalda escuchaba los gritos de su mejor amigo, alejándose de él como un recuerdo antiguo.
Corrió por encima de cuerpos, entre disparos cruzados, junto a más explosiones, ignorando órdenes que le gritaban sus superiores y llamadas de ayuda, sólo buscando refugio. Sintió un pinchazo en la cintura. Cayó desbocado. No podía respirar. Se pensó muerto. ¡Un disparo! ¡Le dieron! Agarró la arena, aunque no sentía dolor. Decidió tratar de entrar en una de las barracas. Se trató de levantar pero no podía. Las piernas no respondían. Trataba de patear, de moverlas, pero nada. Fabián gritó de llanto, gritó de miedo. Se agarró una pierna y no la sentía. Buscaba a su alrededor pero estaba solo. Sollozó…
El pánico se regó por el puente. Todos fueron al borde a ver el auto hundiéndose lentamente entre las olas. <<¡Socorro!>> Gritaron. <<¡Alguien ayúdela!>> Las redes se llenaron con llamadas telefónicas.
Fabián observaba el auto. Sus amistades eran de los primeros en llegar al borde. Todos miraban desde lejos, todos pedían ayuda, todos querían algo de alguien más. Se trepó al borde, con esfuerzo extremo de sus brazos, y logró voltearse hacia el agua. Respiró hondo y se dejó caer.
El impacto le dolió más de lo que esperaba pero logró llegar hasta donde había caído el auto. Se zambulló y se empujó con sus brazos lo más que pudo. En la oscuridad del océano no podía casi ver. Siguió descendiendo hasta encontrar el auto, vertical y como una roca. Se acercó a la ventana y vio que la joven le estaba dando con sus manos al cristal. Estaba corto de aire.
Le hizo señas de que se alejara y sacó de su bolsillo una navaja. Le pegó con el talón al cristal y como un torbellino entró el agua en el auto. La muchacha agarró la mano de Fabián y se empujó hacia fuera. Siguió nadando hasta la superficie.
Fabián se empujó con sus brazos pero ya estaban débiles. Necesitaba demasiada fuerza para subirse y no tenía suficiente aire. Dejó de moverse. Flotaba entre toda esa agua libre. Hacia arriba la vista era increíble. La ondulación del agua parecía cristal. El sol era un diamante vivo. Acá abajo los sonidos y los recuerdos se amortiguaban. Todo se alejaba. La realidad no dolía.
Fabián sonrió.
El día realmente era lindo hoy. Y por primera vez en mucho tiempo, Fabián no sintió miedo.
-Tengo miedo.
-No temas -dijo el sacerdote-. Sólo es una transformación hacia algo mejor. Ya veras -Sus ojos arrugados transmitían paz y sabiduría. Detrás de ellos escondía el sentimiento que lo atravesaba desde que se sentó con él, pena.
-¿Me dolerá?
-No, hijo. Tranquilo. Ni te darás cuenta cuando finalmente ocurra.
El sacerdote le lavó la frente con una toalla húmeda. La piel era demasiada blanca, meses sin salir de la casa. Le peinó la cabellera marrón y observó su reflejo en los ojos azules que lo miraban.
Llevaba sentado con él varias horas, escuchándolo entrar y salir de la conciencia. Lo vio llorar, lo escuchó disculparse por tonterías de la juventud -una vez le gritó a su madre, otra vez se robó unos zapatos-, le prometió que esos no eran pecados, le leyó de la Biblia, trató todo para consolarlo.
-No quiero, no quiero morir…
-Morir es bueno, Julián -apretó sus dedos-. Llegarás antes que todos nosotros al paraíso. Te espera el padre de todos, Dios, y te quitará todo el dolor por siempre. Reza, reza y te sentirás mejor.
Julián sudaba con un furor increíble. Sus brazos temblaban, todo le temblaba. Respiraba con un pito penetrante. Los dientes chocaban. Agarraba la sabana con un puño. Tosía algo mojado y lo tragaba inmediatamente. Cuando dormía, su cuerpo lograba descansar un poco, antes de volver a comenzar el temblor nuevamente.
El sacerdote, Manuel, suplicaba que se terminara esto pronto. Le pedía con el alma a Dios que se llevara el muchacho ya, que era demasiado para él soportar. En los arranques de dolor, Manuel escondía su rostro para no ver.
Horas y horas de dolor, de llantos, de súplicas, de preguntas, de oraciones… y sólo necesitó un momento para morir.
El cuerpo quedó quieto, tieso. Los ojos mirando al techo, la boca abierta en un grito que nunca salió. El pito de sus pulmones dejó en su lugar un silencio tétrico. Los dedos, que un segundo atrás apretaban la sabana con tanta fuerza, ahora parecían un esqueleto frágil, parte de una estatua de polvo sin color.
Manuel lentamente le cerró los ojos y sintió una brisa fría llenar el cuarto. La respiró y sintió su cuerpo llenarse de una energía que no podía explicar. El cuarto tenía paz, el silencio era tranquilo. La luz ya no parpadeaba, ahora era constante, tan fuerte brillaba la vela que por un instante dio la impresión de que era de día.
Manuel permaneció sentado por unos minutos. Sus piernas le dolían y se sentía fatigado. Uno más para ti, Señor…
El cuerpo de Julián se torció. Convulsionó por un instante, soltó un grito que rompió con el silencio, con la brisa y con la luz. Manuel miraba el cuerpo con terror. Los dedos de Julián se enroscaron en la sabana. Temblaba y por más que Manuel tratara de sujetarlo, sus extremidades seguían fuera de control. Grito tras grito, Julián terminó en un ataque de tos que lo derribó contra la cama. Manuel lo ayudó a controlarse y le pasó la toalla húmeda por la cara pálida.
-¡Padre! ¡Padre! -gritó Julián.
Manuel le puso las manos sobre el pecho, y le pidió que por favor se tranquilizara.
-¡Padre! ¡Padre! -seguía Julián. Le agarró el cuello al sacerdote y lo acercó a su cara. Manuel sostuvo la mirada fija, sin saber qué decir-. ¡No hay cielo, padre! No hay cielo…
Tenía los ojos irritados, lloraban lágrimas sin razón. Manuel trató de alejarse de las pupilas dilatadas de Julián, círculos enormes, esferas negras que lo consumían.
-¿De qué hablas? ¿Qué te pasa? -contestó Manuel. No podía alejarse-. ¿Cómo que no exis…?
-¡No existe el cielo, Padre! Escúchame… Todo es oscuridad… Todo es negro… Lo vi todo, ¡lo vi!
-¡No te entiendo!
-Cuando morí, padre. Vi lo que nos espera. Estaba solo, frío. Era un lugar negro, sin sonido… ¡era nada! ¡Estaba en la nada! No había luz, ni ángeles, ni Dios, padre… ¡No había Dios!
-¡Imposible! Mientes…
-No podía sentir, ni respirar, no podía hablar aunque gritaba por ayuda. Resé, padre. Resé y resé, quería pedirle a Dios que me sacara de ese sitio, que me llevara con él, pero no podía salir. No podía pensar, no me podía mover... Estaba solo en ese vacío horrible... Hasta que vi una luz, una gota de luz que se me acercaba. Se abrió suave, como una flor y cada vez más cerca. Pensé que era él, padre. Pensé que era Dios… pero estoy aquí…
El agarre de Julián suavizó lo suficiente para que el sacerdote se soltara. No podía creer lo que decía Julián. ¿Cómo era posible? Nada… Lo vio morirse y… ¿No había Dios? Imposible…
-No quiero volver, padre. No quiero volver a morir. Por favor, ¡sálvame!
Manuel ya no escuchaba. No podía creer… Dio la espalda al joven y salió del cuarto. Corrió por los pasillos, dejando atrás los gritos de angustia y las súplicas que retumbaban por las paredes. Tenía que salir. Tenía que respirar aire fresco. Empujó la puerta y por poco cae de rodillas en la tierra. El corazón palpitaba rápido, tan rápido, lo escuchaba, lo sentía…
Corrió en cualquier dirección. No le importaba hacia donde iba. Sólo necesitaba caminar, salir de allí, alejarse. Tenía que pensar. No podía ser. Él sabe que todo es real. Él sabe que Dios es real. Mentiras. Todas esas señales que recibió… ¿Cómo puede ser todo una mentira? ¿Qué señales? ¿El viento, la lluvia, la luz…? Toda su vida…
Llegó a una serie de rieles. Las llamadas de los trenes se escuchaban en la distancia. No puede ser. Tanto tiempo perdido. No puede ser. Imposible. Todo lo que ha estudiado, todo lo que ha visto, ha vivido, cómo puede ser que le mintieron. No podía ser…
Se colocó en el centro del carril. Vio el tren venir. La llamada.
-Te reto…
Y aceptó el golpe.
LOL
Me dijo que no lo podía conseguir pero aquí está!
Por favor no me odies! ;)
El anciano se bajó lentamente del automóvil. La suspensión del carro no se vio afectada en lo mínimo por el peso liviano del viejo. Cerró la puerta con un esfuerzo leve y comenzó a acercarse con un paso suave hacia el establecimiento. Cada paso era un movimiento doloroso para los observadores. Sus pies, frágiles y temblorosos, se levantaban sólo centímetros del suelo, antes de acelerar algunos hacia adelante. Se quedaba quieto después de cada pisada. Respiraba una vez y preparaba el ánimo para mover el bastón. Tenía los ojos cerrados y se mordía los labios con cada esfuerzo.
-Hola. Me llevaré trece Mocha Frappuccino’s cuatro de ellos que sean Light blend y con dos extra shots de café, once chocolates calientes, quince Charamel Macchiato’s, cinco Cappuccino’s con leche nonfat, trece Latte’s, un posillo negro, 6 Brewed Tazo Tea’s, tres Tuna Wraps, dos botellas de agua, catorce…
I never thought I'd ever get the chance to see the words 'Redneck' and 'Literature' penned together in the same sentence. Much less in a good way. And I dont mean 'Redneck' with any kind of bad connotation. What Richard has done in this book is truly astounding. I had read stories about 'country life' and we've all seen movies showcasing this type of lifestyle, but this was the first time, at least for me, to ever read stories about rednecks, as if told by rednecks.And they are good.
From the beginning of the very first story, to the end of the last, Richard manages to keep you entertained, pampered and motivated. His choice of words is extremely complex, not in its language, but in it's intricate form. After reading this book, if you don't know how to make long sentences then at least you'll know what they look like. There are sentences here that span pages! This alone is very interesting. But the true genius in these stories is how Richard manages to keep you intertwined in the characters and the separate plots.
Each story has a multitude of separate plot lines that break off and unite somehow to give you a picture of an organic, real story. The characters feel alive, the dialogue is credible and the environments are described in just the right amount of space. Even if the narrator is a small child, by the end you feel like you know exactly what he's talking about. You understand them, you feel for them. Everything in this book feels like it's going to keep growing and living on even after you close the book, like a small cosmos living inside it, functioning all by itself. When you open the pages, they all stare up at you and after a while simply start talking, filling you in on the recent events. I'd like to think that twenty years from now, I'll open that book and find out what kind of men the kids from Strays became, or if Genius is still floating on the beach, or if they managed to fix the rocket ride.
But the true genius in these stories is how Richards manages to keep you intertwined in the characters and the separate plots.
He tells aspects of a story without mentioning them. After a few details of dialogue, a part of the background suddenly shifts and gives you a peek at something that gets your attention but doesn't pull you away from the main plot. Like listening to a story told by a little kid about a guy with no face, who only appears when you least expect him, but in the corner of your eyes you see a reflection on a mirror of a man looking at you. You can't tell if it's him, because you don't want to look away from the kid, but hes there! Looking at you. And you know it's the man with no face. Maybe it's a bad example, but I hope you understand what I mean.
These stories span from tragically sad to absurd and funny. There's just something about a horse shooting gas from both ends at the same time that sticks in your brain for a while, you know? Genius is one of the best stories I've read in a long time. But i think the best of all is the first one, Strays. This one is just magical. Apparently it's some kind of fan favorite.
I have to be honest, I didn't know anything about this book or author when I found it. I thought it would be some kind of fantasy or sci-fi thing. But it turned out to be something so different and refreshing, that I wish I had read it when it originally came out. I recommend getting it, if you can, downloading it or whatever. These are stories that should be shared. I'll definnetly be looking for more works from Mark Richard.
El joven se acerca al cristal. La boletera lo mira con angustia y aburrimiento.
-Dos, para Ten Thousand B.C.
-¿Cual? –dice ella, confundida.
-Diez mil B.C.
-¡Ah! Los diez mil años de Cristo…
-¿Perdón? ¿Los qué?
-La película que dijiste…
-¿Diez mil años de Cristo? –el joven mira a la boletera con una risa en la cara-. ¿Cristo vivió diez mil años? ¡Con razón la Biblia es tan larga!
Todos en la fila se comenzaron a reír de la boletera y a mofarse de la ridiculez de unos diez mil años de Cristo.
-¡Esa película debe ser bien vieja, porque todavía no han pasado diez mil años desde que vino Cristo!
Más risas, más mofas. La boletera mira a su alrededor sin saber qué decir. Sujeta los boletos del joven, inmóviles en su mano. Más risas, más mofas. Le apuntan con el dedo y se ríen. Todos en la fila se ríen, todos se dan palmadas en la espalda, todos se doblan por la falta de respiración. Los empleados al lado de ella también se ríen. Todos se ríen. Un señor cae al suelo, su mano en el pecho, tosiendo y riéndose a la misma vez. Los demás se ríen de él. Una joven cae al lado de su novio y se trata de abrir el cuello para respirar pero no puede dejar de reír. Su novio se ríe y pronto cae desplomado encima de ella. La cabeza de uno de los empleados cae sobre el escritorio, con la lengua seca y por fuera. La fila se descompone, las risas se reducen, más personas caen y los que quedan vivos vomitan sobre los cuerpos a sus pies. Se ahogan y mueren.
La boletera mira a su alrededor desierto. Los muertos están apiñados unos encima de otros, cubiertos de sangre y vómito. Las extremidades dobladas en ángulos incómodos, no tuvieron tiempo para acomodarse. Los mira y se ríe.
The most awesome thing happened in Bangkok (that's an awesome name for a pornstar, as well).
There was an autistic kid in a balcony, unwilling to move for anything or anyone, because he didn't want to go to his first day of school. So a fireman, Sonchai Yoosabai, dressed up as the friendly neighborhood SPIDER MAN!
The kid saw him and stared in awe at the grandiosity of his favorite superhero come to life, and come to rescue him, nonetheless. He ran into spidey's arms and joined the rest of us mechanical morons in a concentration camp of selective programming.
He also has an Ultraman costume. This guy is either very cool, or lonely...
Me agarra la mano, me habla con una voz ronca y aliento apestoso:
- Con su permiso, ¿conoce de algún trompetista?
Por tres segundos lo miro, mi mente en blanco.
- No.
-Ok, gracias. Tenga un buen día.
Todavía no entiendo…
De la musa al lector.... osea, algo obvio que unos idiotas no sabian todavia.
0 comments Posted by JediDork at 7:00 AM
El tema era una discusión acerca de la ‘importancia del lector, en el producto final del escritor’. Honestamente, fui con toda la intención de que me dieran en la cara con un paradigma. No podía creer lo que escuchaba. Los ‘escritores’ (Y lo escribo con comillas porque ninguno de esos que habló era un escritor real. No que yo lo sea, porque no lo soy.) que manejaron la conferencia dijeron que llegaron de repente, como un relámpago, a una verdad definitiva. Que se dieron cuenta de algo, que al principio se les hizo difícil entender y que cambiaría por siempre la manera de ellos acercarse a la escritura. Y querían dejarle saber ese secreto a todos los demás escritores.
Y aquí está el secreto, se los voy a decir:
EL LECTOR ES IMPORTANTE.
Sí. Leíste correctamente. ‘El lector’, se dieron cuenta nuestros líderes literatos de esa noche, es importante porque él (utilizaré ‘él’ para hacerme la vida más fácil pero creo que todos podemos entender que las mujeres también leen, así que no tengo que escribir ‘él/ella’) determina si le gusta o no lo que lee. Y si no escribes algo que los lectores estén buscando, no van a querer leértelo. Por consecuencia, no van a comprar tu libro.
Sentado atónito en mi silla, mi mente me urgía a que saliera corriendo del sitio porque la estupidez era tanta que se quería apoderar de mi ser.
En un nivel entiendo de donde surge este descubrimiento. Muchos escritores ANTICUADOS escribían lo que ellos querían, cuando querían y cómo lo querían escribir. No tenía un enfoque de vender, de satisfacer al lector, de hacerse millonario, etc. La musa era una cosa libre y escribir era un arte que lo hacían por sí mismos, para su propia diversión y sin importarle la opinión de otros. ANTES el mundo funcionaba así.
Pero AHORA, en el siglo 21, donde TODO a nuestro alrededor se ah convertido en un batalla continua de dominar mercados, de ventas vs. costos, servicio al cliente, depreciación, tecnología, educación mediocre (o peor), rapidez, trabajo, ingresos, inversiones, dinero, dinero, dinero, dinero, dinero, celulares, PDA’s, Internet, dinero, dinero, dinero, dinero, comemierdería, autos, estudios de viabilidad, intereses, bancos, dinero, dinero, dinero, dinero... se me hace imposible creer que no habían llegado a esa conclusión antes.
Todos se ha prostituido.
Todo se ha convertido en una manera de sacarle dinero al cliente, y tú hacerte dinero.
Todo se dañó, por querer poder vivir de eso.
TODO EL QUE QUIERA VIVIR DE ALGO QUE NO DEJA DINERO, VA A BUSCAR LA MANERA DE TRANSFORMARLO EN UNA HERRAMIENTA PARA SU PROPIO BIEN. SIN IMPORTARLE LOS EFECTOS QUE SUS ACCIONES TENGAN EN ESA MISMA COSA QUE TANTO ‘QUIERE’.
Ese es el mensaje de la educación moderna.
Y ese es el resultado: el mundo de hoy.
Even the wind seems to carry around a weight on its shoulders. Almost like it’s embarrassed of having to rush itself through the crowds and over their beloved buried ones. It carries a smell with it too. It tastes bitter and a little fruity. Maybe it’s trying to cheer us up. Maybe it knows what lies in the afterlife and it’s trying to tell us not to worry. Or perhaps it’s telling us nothing, because it’s just wind.
The air is always cold; the weather is always damp.
Everything just feels ruined.
The trail of cloaks and dresses sway with the force of the wind and, with it, the sorrow of some of those attending sometimes lifts up and leaves their bodies. If only for a few seconds.
It’s always hard to offer comfort, when one is also affected by loss.
For those affected the most, it doesn’t even begin to sink in until a while later. They still see the world in a haze, a shroud clouding every thought and every facet of reality; still in denial in front of death. Still thinking they’re going to see those hands reach up and ask for help. And they’ll come running. They’ll run down that ditch in a second and lift them up to the world; lift them up to safety. But, alas, it ends with a shovelful of dirt and a droplet of rain.
No wind, or rain, or ringtone can bring them down to earth like a tombstone.
-Te tengo una sorpresa -me dijo.
-Ah, ¿si? -!Tremendo!, pensé.
-Ya compré las taquillas para la película.
Quizás en este momento, ocultada entre sus ojos traslucientes y su sonrisa maquiavélica, hubiese sido bien fácil ver su maldad innata. Sonrío brevemente y sigo ignorante a su lado, guiado de la mano como un bebe tonto e inocente.
Ya tenía el ‘popcorn’ en las manos y un refresco grande para los dos.
Todavía, al día de hoy, me pregunto por qué no miré detenidamente la señal del boletero que nos dejó entrar hacia la sala -una mirada de susto; una advertencia silenciosa que, como hombre, debía ser capaz de reconocer.
Tampoco sé cómo no vi el nombre de la película brillando en el aparato mecánico instalado encima de la puerta, que probablemente también me trataba de advertir sobre lo que estaba sucediendo. Como un animalito sujetado por una correa invisible me llevaron lentamente hacia el cuarto terrible. Mi pareja me miraba constantemente, mientras nos acercábamos más y más. Su sonrisa bella cruzándole la cara. Tan linda, ella. Me sentía caliente. ¿Una reacción física por falta de calefacción, o una señal de que estaba cada vez más cerca del infierno?
Entramos al salón de la película y la muy maldita me dejó escoger los asientos. Yo, pensando que disfrutaríamos de una velada interesante, decidí sentarnos en el mismo medio de la fila, en el mismo medio del salón. Teníamos toda la vista panorámica a nuestro alcance y todas las bocinas exageradas rodeándonos. Quizás la última señal que me mandó el destino fue cuando me percaté de que éramos los únicos viendo la película.
Los cortos pasaron igual de desapercibidos que si no hubiesen pasados. Eran iguales a los de siempre: anuncios mal gravados y llenos de gente prematura que no sabe actuar.
Y de pronto, como un disparo en la cara, comenzó la película.
Mis sentidos se convirtieron borrosos, no sabía donde estaba, no podía respirar, un guante de acero me apretaba la garganta y me abría los ojos. Un peso infinito me presionaba en el asiento. Sudaba como loco y el aire se sentía escalofriantemente frío. Forcejeaba en vano contra la fuerza maligna que llenó el salón. Lo único que pude hacer fue un grito de angustia que nadie escuchó.
Comprendí mi desdicha. Logré mirar a mi lado y escuchar a la mujer que amo reírse con una carcajada que chilló como un trueno; como la risa de la bruja malvada que logró confabular a los niñitos para luego comérselos.
Aprisionado, incapaz de escapar, tuve que ver la película…
Estrechó la mano entre sus piernas, levantó una botella de cerveza y bebió hasta que la luz cambió a verde¿Esta persona es descarada, o extremadamente valiente?
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