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Mi intento de un monólogo interior.

Aquí sentado. El guardia éste preguntándome qué quiero comer en mi última cena, y ¿qué se supone que le conteste? ¿Qué se yo? ¡Es mi última cena, maldita sea! ¿No se supone que me den de todo, que me den para escoger? ¿No hay un menú con fotos, no hay un mesero que pueda consultar, un especial de cocinero? ¿Tengo que decidir en una sola cosa? ¡Que me den de todo! ¡Es mi última cena, maldita sea! Y, ¿cómo se supone que pueda optar por lo mejor bajo tanta presión? Estos guardias brutos no entienden. El paladar es algo fino, delicado, requiere pensamiento, requiere raciocinio para satisfacerlo después de todo. Cuando como me gusta deleitarme, disfrutar cada sabor, cada sensación, cada olor. ¿No hay un entremés, o sopas, o ensaladas para antes del plato principal? ¿Y después qué? ¿Cómo voy a bajar la comida, o quitarme el sabor? Necesito algún postre, un flan, o bizcocho, un chocolate, un sorbete de limón al cava, algún vino tinto, algún licor, un brandy por lo menos. No puedo sólo escoger algo al asar, no puedo contestar algo rápido, lo primero que se me ocurra, o para salir del paso. ¡Eso sería absurdo! ¡Es mi última comida, maldita sea! Y, ¿qué pasa si no contesto? ¿Pondré al estado penal en pausa? ¿Se quedará el momento final de mi vida estático, eternamente enjaulado hasta que pueda decidir en una sola simple, mísera cosa que ni importa el resultado de mi decisión porque tal vez ni me recuerde de lo que comí en mi última cena cuando muera y conozca lo que nadie vivo sabe? Tal vez mejor ni comer.

Despues de tanta espera, finalmente podemos decir que tenemos una página de internet.
La revista Kortos es la primera revista de Puerto Rico enfocada en publicar cuentos exclusivamente. No encontrarás babosería de gente que no conoces, ni opiniones que no reflejan las tuyas.

SÓLO CUENTOS.

Aquí les doy la dirección:


www.cuentoskortos.com



Para enviar cuentos, los pueden enviar directamente a este email: revistakortos@gmail.com

Pero visiten la página para que vean las reglas de acceptación.

Eventualmente se publicarán cuentos exclusivos de la página de internet, adicional a los que se impriman en la revista.

Pronto se estará haciendo publicidad en varios periodicos, etc.

Así que visítenla, y envíen cuentos!

Un día lindo

-Lleva todo el día haciendo calor y ahora nos estamos congelando. No entiendo este maldito desierto…

-Sólo llevamos dos días aquí. ¿Ya te vas a quejar de todo?

-¡Sí!

Los amigos rieron juntos, mientras hacían su ronda de guardia. La noche era silenciosa y escalofriante. Las barracas eran como un panal vacío. Sólo los soldados en guardia andaban visibles. Sus pisadas levantaban leves nubes de arena tan fina que parecía polvo. De noche el suelo del desierto entero se veía blanco, como si caminaran en sal. Fabián miraba a su alrededor, aunque la luz de los focos estacionarios no dejaban ver más de varios pies de distancia. Todo alrededor de ellos era una pared negra. Un abismo horizontal. Una boca abierta con ellos en el centro. La noche los encarcelaba. David, a su lado, inspeccionaba su rifle y caminaba por instinto. Escupió y dijo con tono de aburrimiento:

-¿Para qué tenemos que hacer estas malditas rondas? No es como si alguien nos fuera a invadir. Es más, apuesto un día de descanso a que nunca ocurre algo mientras estamos en esta base. De hecho, ¿cuánto tiempo es que estaremos aquí?

-Ya te dije, cuarenta días. Después nos movemos hacia otra base para hacer exactamente lo mismo. Y ojalá no veamos algo raro mientras estamos aquí, tú serías el primero en salir corriendo.

-Claro, Fabián, se me olvida que eres el valiente…

*****

-¡Fabián! Chico, te espaciaste de nuevo. ¿Me escuchaste?

El joven despertó y se sobó los ojos. Se rascó la quijada sin afeitar. Respiró hondo y botó el aire a la misma vez que comenzó a mover su silla de ruedas.

-Perdóname, Julio…

-Ya qué importa. No haces más que dormir, pendejo.

El grupo de amistades se rió en conjunto. Fabián siguió empujando su propia silla, estoico hacia el insulto repetitivo. El día era claro, la brisa refrescante. El puente por el que andaban se meneaba con el paso de los autos. Debajo de ellos el agua parecía incitar a zambullirse en sus honduras. El oleaje era rápido, la corriente parecía empujada por el aire. Todo a su alrededor tenía algo que hacer.

-Mejor pregúntame otra vez y ya.

-Te pregunté si te recuerdas de cuando nos encontramos en el hospital. ¿Te recuerdas de ese día?

-Claro.

Julio se volteó hacia las amistades que los acompañaban:

-¡Llevaba tres noches corridas llorando como una nena! Fui a su cama para decirle que se callara la boca y ahí fue que me di cuenta de que era Fabián. Hacían cuatro años que no lo veía.

Fabián ni cambió su vista del horizonte. Se le hacía fácil ignorar las acusaciones vacías. Julio acomodó su brazo derecho, guardó la mano en su bolsillo para que no estorbara.

-Tuve que quedarme con él casi todo el tiempo, porque si no se volvía una mierda solo.

-No fui el único que volvió herido…

-¡Herido volví yo! Tres balazos en el pecho y uno en la pierna. ¡Tú llegaste apendejáo’!

Los autos en el puente corrían veloz. El eco de sus motores era fuerte, tan cerca de ellos, que le incomodaba a Fabián. Sus brazos seguían empujando las ruedas de su silla…

*****

Un ruido momentáneo, como el deslice de una culebra en la grama, hizo detener a Fabián. David siguió hacia delante.

-¿Qué te pasa?

-Creo que escuché algo.

Esperó un instante, mirando la sombra gigante que parecía consumir el planeta sólo a unos pies de él. Le pareció ver algo moverse pero no estaba seguro. No pudo definir… en el borde de la luz vio la arena blanca moverse.

-Algún animal, o algo así.

-Puede ser.

Siguieron caminando. Detrás de ellos sintieron otros soldados que también tenían ronda de vigilancia. Eran de su tropa. Fabián se volteó para saludarlos y lo que recibió fue una salpicadura de sangre en la cara. El cuerpo del soldado cayó inmediatamente al piso, con un roto en la frente. A Fabián le tembló el labio. David lo agarró y se tiraron al suelo. Rápidamente se encendió una alarma y los focos de emergencia brindaron aun más luz al campamento. Estaban rodeados. Figuras negras, encapuchadas, escondidas entre las dunas y la arena, comenzaron a disparar hacia el interior de la base. Los demás soldados corrieron, esparciéndose por el perímetro como hormigas. En la luz se podían ver balas volar por milisegundos hacia ellos. Fabián miraba a su alrededor, sin saber a donde apuntar su rifle; todo se convirtió en un escándalo, un tumulto de ruidos, griterías, disparos, órdenes. Sintió el agarre de David en su espalda, jalándolo a sus pies.

-¡Sígueme!

Corrieron a ciegas por el desorden, el eco abundante a su alrededor…

*****

-Llorabas tanto que tuve que darte algunas bofetadas, para que te tranquilizaras. Estabas loco por morirte. Cuando nos dijeron que nos iban a traer devuelta yo les dije que no quería, que yo estaba bien; yo podía seguir luchando pero los muy cabrones me rechazaron.

-Tienes un brazo paralizado, Julio. ¿Qué pretendías que fuera a suceder?

-¡Sólo hace falta una para disparar! Yo todavía soy útil. No como tú, que te jodiste.

Eran los únicos dos veteranos en el grupo de amistades. Fabián se burló del último ataque personal. Julio nunca cambiará. Se detuvieron cuando escucharon un chillido de gomas y una bocina. El impacto de los automóviles retumbó por todo el puente y a todos lados cayeron pedazos de vidrio. La bocina de uno de ellos se quedó encendida, mientras el humo comenzaba a regarse por el aire.

Los muchachos miraban desde lejos, hasta que se encaminaron hacia el accidente. Todo sucedió en un instante. Un auto que venía demasiado rápido, conducido por una adolescente, se estrelló contra los carros detenidos y voló. Fabián siguió con la vista cómo el auto se descarriló y se trepó en el borde. Ondulaba entre una mitad sobre agua y la otra sobre el puente. Permaneció quieto, estable, nadie se movió por miedo de que se terminara de perder el equilibrio. Fabián observó la joven que estaba sentada dentro, aterrorizada. Ella le devolvió la mirada. Y con un crujido de metal, como un último grito de auxilio, lentamente se cayó al agua…

*****

Cayeron en un refugio pequeño, una trinchera ocupada con dos compañeros y una metralleta estacionaria. Fabián permaneció sentado y vio uno de los soldados caer muerto a su lado. David miró sobre la superficie y disparó sin rumbo con un grito salvaje. Una explosión sonó demasiado cercana y parte de los escombros se desbordaron hacia el centro de la trinchera. Fabián se cubrió la cara y trató de ponerse en cuclillas para disparar junto a David. Sus piernas lo traicionaban. Sujetaba el rifle como a un hijo. Alguien le agarró el cuello de su uniforme y lo levantó.

-¡Dispara, coño!

Fabián apretó el gatillo y lanzó balas hacia la oscuridad. Frente a él, la arena explotaba cuando las balas perdidas se enterraban. Vio compañeros corriendo, vio más muertos. David recargaba su arma.

-¡Tenemos que salir de aquí!

-¿Cómo? -respondió Fabián.

-Cuando yo te diga, corre hacia el centro de la base. Ahí estaremos más lejos. Yo te cubro. Cuando llegues, grita mi nombre, yo salgo y tú me cubres.

Fabián miró detrás de él, todo lo que tenía que correr. Las piernas le temblaban pero se preparó. En ese instante una granada cayó dentro de la trinchera.

-¡Corre! ¡Corre!

Fabián y David, ambos brincaron sobre el borde y corrieron. Un segundo después la trinchera explotó con un soldado todavía adentro. La explosión los tumbó al suelo, y Fabián escuchó un grito de David. Rápidamente miró hacia su amigo y lo vio boca abajo y gritando. La explosión le había quemado la mayoría del rostro y le faltaba una pierna. Levantó la mano hacia Fabián, llorando algo incomprensible. Fabián no podía creer lo que veía. Se puso de pie, aterrado, petrificado. David lo llamaba pero Fabián se encogía del miedo. El instinto lo sobrecogió. Dio la vuelta y se fue corriendo, dejó a David atrás. A su espalda escuchaba los gritos de su mejor amigo, alejándose de él como un recuerdo antiguo.

Corrió por encima de cuerpos, entre disparos cruzados, junto a más explosiones, ignorando órdenes que le gritaban sus superiores y llamadas de ayuda, sólo buscando refugio. Sintió un pinchazo en la cintura. Cayó desbocado. No podía respirar. Se pensó muerto. ¡Un disparo! ¡Le dieron! Agarró la arena, aunque no sentía dolor. Decidió tratar de entrar en una de las barracas. Se trató de levantar pero no podía. Las piernas no respondían. Trataba de patear, de moverlas, pero nada. Fabián gritó de llanto, gritó de miedo. Se agarró una pierna y no la sentía. Buscaba a su alrededor pero estaba solo. Sollozó…

*****

El pánico se regó por el puente. Todos fueron al borde a ver el auto hundiéndose lentamente entre las olas. <<¡Socorro!>> Gritaron. <<¡Alguien ayúdela!>> Las redes se llenaron con llamadas telefónicas.

Fabián observaba el auto. Sus amistades eran de los primeros en llegar al borde. Todos miraban desde lejos, todos pedían ayuda, todos querían algo de alguien más. Se trepó al borde, con esfuerzo extremo de sus brazos, y logró voltearse hacia el agua. Respiró hondo y se dejó caer.

El impacto le dolió más de lo que esperaba pero logró llegar hasta donde había caído el auto. Se zambulló y se empujó con sus brazos lo más que pudo. En la oscuridad del océano no podía casi ver. Siguió descendiendo hasta encontrar el auto, vertical y como una roca. Se acercó a la ventana y vio que la joven le estaba dando con sus manos al cristal. Estaba corto de aire.
Le hizo señas de que se alejara y sacó de su bolsillo una navaja. Le pegó con el talón al cristal y como un torbellino entró el agua en el auto. La muchacha agarró la mano de Fabián y se empujó hacia fuera. Siguió nadando hasta la superficie.

Fabián se empujó con sus brazos pero ya estaban débiles. Necesitaba demasiada fuerza para subirse y no tenía suficiente aire. Dejó de moverse. Flotaba entre toda esa agua libre. Hacia arriba la vista era increíble. La ondulación del agua parecía cristal. El sol era un diamante vivo. Acá abajo los sonidos y los recuerdos se amortiguaban. Todo se alejaba. La realidad no dolía.

Fabián sonrió.

El día realmente era lindo hoy. Y por primera vez en mucho tiempo, Fabián no sintió miedo.


La llamada

La luz tenue de una vela parpadeaba en el cuarto pequeño. El clima caliente parecía mantener todo a una distancia, como si quisiera proteger el habitante acostado en la cama. Nada se movía, nada se escuchaba. Ni el viento entraba por la ventana, abierta de par en par. Sólo la luna esperaba en las afueras, manteniendo la noche bajo control, vigilando al sacerdote sentado junto al joven.

-Tengo miedo.

-No temas -dijo el sacerdote-. Sólo es una transformación hacia algo mejor. Ya veras -Sus ojos arrugados transmitían paz y sabiduría. Detrás de ellos escondía el sentimiento que lo atravesaba desde que se sentó con él, pena.

-¿Me dolerá?

-No, hijo. Tranquilo. Ni te darás cuenta cuando finalmente ocurra.

El sacerdote le lavó la frente con una toalla húmeda. La piel era demasiada blanca, meses sin salir de la casa. Le peinó la cabellera marrón y observó su reflejo en los ojos azules que lo miraban.

Llevaba sentado con él varias horas, escuchándolo entrar y salir de la conciencia. Lo vio llorar, lo escuchó disculparse por tonterías de la juventud -una vez le gritó a su madre, otra vez se robó unos zapatos-, le prometió que esos no eran pecados, le leyó de la Biblia, trató todo para consolarlo.

-No quiero, no quiero morir…

-Morir es bueno, Julián -apretó sus dedos-. Llegarás antes que todos nosotros al paraíso. Te espera el padre de todos, Dios, y te quitará todo el dolor por siempre. Reza, reza y te sentirás mejor.

Julián sudaba con un furor increíble. Sus brazos temblaban, todo le temblaba. Respiraba con un pito penetrante. Los dientes chocaban. Agarraba la sabana con un puño. Tosía algo mojado y lo tragaba inmediatamente. Cuando dormía, su cuerpo lograba descansar un poco, antes de volver a comenzar el temblor nuevamente.

El sacerdote, Manuel, suplicaba que se terminara esto pronto. Le pedía con el alma a Dios que se llevara el muchacho ya, que era demasiado para él soportar. En los arranques de dolor, Manuel escondía su rostro para no ver.

Horas y horas de dolor, de llantos, de súplicas, de preguntas, de oraciones… y sólo necesitó un momento para morir.

El cuerpo quedó quieto, tieso. Los ojos mirando al techo, la boca abierta en un grito que nunca salió. El pito de sus pulmones dejó en su lugar un silencio tétrico. Los dedos, que un segundo atrás apretaban la sabana con tanta fuerza, ahora parecían un esqueleto frágil, parte de una estatua de polvo sin color.

Manuel lentamente le cerró los ojos y sintió una brisa fría llenar el cuarto. La respiró y sintió su cuerpo llenarse de una energía que no podía explicar. El cuarto tenía paz, el silencio era tranquilo. La luz ya no parpadeaba, ahora era constante, tan fuerte brillaba la vela que por un instante dio la impresión de que era de día.

Manuel permaneció sentado por unos minutos. Sus piernas le dolían y se sentía fatigado. Uno más para ti, Señor…

El cuerpo de Julián se torció. Convulsionó por un instante, soltó un grito que rompió con el silencio, con la brisa y con la luz. Manuel miraba el cuerpo con terror. Los dedos de Julián se enroscaron en la sabana. Temblaba y por más que Manuel tratara de sujetarlo, sus extremidades seguían fuera de control. Grito tras grito, Julián terminó en un ataque de tos que lo derribó contra la cama. Manuel lo ayudó a controlarse y le pasó la toalla húmeda por la cara pálida.

-¡Padre! ¡Padre! -gritó Julián.

Manuel le puso las manos sobre el pecho, y le pidió que por favor se tranquilizara.

-¡Padre! ¡Padre! -seguía Julián. Le agarró el cuello al sacerdote y lo acercó a su cara. Manuel sostuvo la mirada fija, sin saber qué decir-. ¡No hay cielo, padre! No hay cielo…

Tenía los ojos irritados, lloraban lágrimas sin razón. Manuel trató de alejarse de las pupilas dilatadas de Julián, círculos enormes, esferas negras que lo consumían.

-¿De qué hablas? ¿Qué te pasa? -contestó Manuel. No podía alejarse-. ¿Cómo que no exis…?

-¡No existe el cielo, Padre! Escúchame… Todo es oscuridad… Todo es negro… Lo vi todo, ¡lo vi!

-¡No te entiendo!

-Cuando morí, padre. Vi lo que nos espera. Estaba solo, frío. Era un lugar negro, sin sonido… ¡era nada! ¡Estaba en la nada! No había luz, ni ángeles, ni Dios, padre… ¡No había Dios!

-¡Imposible! Mientes…

-No podía sentir, ni respirar, no podía hablar aunque gritaba por ayuda. Resé, padre. Resé y resé, quería pedirle a Dios que me sacara de ese sitio, que me llevara con él, pero no podía salir. No podía pensar, no me podía mover... Estaba solo en ese vacío horrible... Hasta que vi una luz, una gota de luz que se me acercaba. Se abrió suave, como una flor y cada vez más cerca. Pensé que era él, padre. Pensé que era Dios… pero estoy aquí…

El agarre de Julián suavizó lo suficiente para que el sacerdote se soltara. No podía creer lo que decía Julián. ¿Cómo era posible? Nada… Lo vio morirse y… ¿No había Dios? Imposible…

-No quiero volver, padre. No quiero volver a morir. Por favor, ¡sálvame!

Manuel ya no escuchaba. No podía creer… Dio la espalda al joven y salió del cuarto. Corrió por los pasillos, dejando atrás los gritos de angustia y las súplicas que retumbaban por las paredes. Tenía que salir. Tenía que respirar aire fresco. Empujó la puerta y por poco cae de rodillas en la tierra. El corazón palpitaba rápido, tan rápido, lo escuchaba, lo sentía…

Corrió en cualquier dirección. No le importaba hacia donde iba. Sólo necesitaba caminar, salir de allí, alejarse. Tenía que pensar. No podía ser. Él sabe que todo es real. Él sabe que Dios es real. Mentiras. Todas esas señales que recibió… ¿Cómo puede ser todo una mentira? ¿Qué señales? ¿El viento, la lluvia, la luz…? Toda su vida…

Llegó a una serie de rieles. Las llamadas de los trenes se escuchaban en la distancia. No puede ser. Tanto tiempo perdido. No puede ser. Imposible. Todo lo que ha estudiado, todo lo que ha visto, ha vivido, cómo puede ser que le mintieron. No podía ser…

Se colocó en el centro del carril. Vio el tren venir. La llamada.

-Te reto…

Y aceptó el golpe.

El anciano se bajó lentamente del automóvil. La suspensión del carro no se vio afectada en lo mínimo por el peso liviano del viejo. Cerró la puerta con un esfuerzo leve y comenzó a acercarse con un paso suave hacia el establecimiento. Cada paso era un movimiento doloroso para los observadores. Sus pies, frágiles y temblorosos, se levantaban sólo centímetros del suelo, antes de acelerar algunos hacia adelante. Se quedaba quieto después de cada pisada. Respiraba una vez y preparaba el ánimo para mover el bastón. Tenía los ojos cerrados y se mordía los labios con cada esfuerzo.


Así hacía con cada paso. Se tardó una eternidad en llegar a la puerta principal. Su mano se extendió, como una rama débil azotada por una tormenta, y antes de poder agarrar el manubrio de la puerta, un galán, vestido con gabán y corbata y tres teléfonos celulares en la correa mientras hablaba por un bluetooth en la oreja, se le aceleró y empujó la puerta para entrar primero. El viejito por poco cae desplomado en la acera, si no fuese por una joven que lo sostuvo. La joven le gritó malas palabras al muchacho ejecutivo, quien la ignoró y siguió adelante con su conversación.


La señora le abrió la puerta y él le contestó con una sonrisa, una expresión parecida a la de un recién nacido. Los ojos casi cerrados y la piel arrugada de sus labios extendida de un lado de la cara al otro. La sonrisa era tierna y agradecida. Le brindaba paz y a la misma vez le decía: <No te preocupes por esos imbéciles. Cuando crezcan, se darán cuenta de que no son tan importantes como el mundo les hace creer>


La joven lo ayudó a entrar y lo acompañó hacia la barra. Ella comienza a pedir tres órdenes separadas, para sus compañeros del trabajo, pero se detiene cuando ve al viejito parado detrás de ella, casi dormido en sus pies.


Ella le señala para que coja su turno primero.


-Adelante, vaya usted primero, que yo tengo tres órdenes separadas y me tardaré un poco.


El viejo se despierta y le sonríe. Le contesta:


-Ah, bueno. Entonces, gracias por cederme el turno.


El viejito se acerca lentamente a la barra, saca de su bolsillo un pedazo de papel y le dice a la barrista:


-Hola. Me llevaré trece Mocha Frappuccino’s cuatro de ellos que sean Light blend y con dos extra shots de café, once chocolates calientes, quince Charamel Macchiato’s, cinco Cappuccino’s con leche nonfat, trece Latte’s, un posillo negro, 6 Brewed Tazo Tea’s, tres Tuna Wraps, dos botellas de agua, catorce…

Admito que Quiroga es mejor que yo pero siempre me gustó su interés en los animales. Así que aquí va mi intento a hacer un cuento con animales:


El rey Dionisio


Los esclavos prepararon la última comida del día y se mantuvieron alerta a las ordenes del rey Dionisio. Cuando llegó al comedor, inspeccionó el banquete y sentó su cuerpo orondo en una cama, dado a que no existía una silla que pudiera soportar su peso. Sus brazos no eran largos suficientes para abrazar su gordura, así que tenía sirvientes entrenados para que le empujaran toda la comida que pudiera engastar en su boca. Los demás esclavos, cubiertos sólo por una tela sucia amarrada en la cintura, observaban con penuria mientras la comida se desaparecía frente a ellos.

Al terminar de comerse el banquete solo, le tiró un pedazo de pollo a los sirvientes y llamó a las esclavas para que lo bañaran. Los sirvientes se repartieron el pollo entre ellos y saborearon el único mordisco de comida que tendrían en el día.

En las afueras del castillo, los habitantes del pueblo y los animales carnívoros de la jungla se mueren de hambre. Todas las mañanas, los grupos de cazadores del rey entran en la jungla y recogen todo lo comestible para guardarlo en un almacén privado.

Esa noche, los tigres, teniendo hambre y nada para comer, olfateaban ferozmente siguiendo el único rastro de carne que encontraban en el aire. Se reunieron frente a las entradas del pueblo, donde ocurrió una recolecta de todos los animales hambrientos que fueron llamados por la comida almacenada del rey. Invadieron el pueblo y corrieron por las calles gruñendo y salivándose, dirigidos directamente hacia el castillo. Ignoraron los residentes, que se escondían en sus casas y miraban por las ventanas la ola de alimañas y cuadrúpedos salvajes.

El estruendo llegó hasta el cuarto del rey, donde dormía en una cama enorme, y lo despertó. Sin poder ver lo que ocurría, ni poder salirse de la cama solo, gritó a sus esclavos para que lo buscaran pero nadie fue. Los esclavos y los sirvientes se escaparon cuando vieron los animales feroces regarse por los pasillos del castillo y mordiendo cualquier persona que encontraran de frente. El único que quedaba dentro era el rey Dionisio y temblaba con miedo, lloraba porque nadie lo fue a rescatar.

Después de apoderarse del castillo, el tigre más grande caminaba lentamente por un pasillo, buscando la comida que sentía tan fuerte en su nariz. Detrás de él, otros lo seguían, hasta que llegaron a una puerta abierta donde vieron una cama enorme, con un cuerpo gigantesco acostado. Los tigres se lamieron los labios mientras se subían a la cama del rey. Dionisio les tiró con cojines, les gritaba, trataba de ahuyentarlos pero lentamente más y más tigres se treparon encima de él. Cuando escucharon los gritos, los esclavos sonrieron y abrieron las puertas del almacén para repartir la comida entre los del pueblo y los animales.

El joven se acerca al cristal. La boletera lo mira con angustia y aburrimiento.

-Dos, para Ten Thousand B.C.
-¿Cual? –dice ella, confundida.

-Diez mil B.C.

-¡Ah! Los diez mil años de Cristo…

-¿Perdón? ¿Los qué?

-La película que dijiste…

-¿Diez mil años de Cristo? –el joven mira a la boletera con una risa en la cara-. ¿Cristo vivió diez mil años? ¡Con razón la Biblia es tan larga!


Todos en la fila se comenzaron a reír de la boletera y a mofarse de la ridiculez de unos diez mil años de Cristo.


-¡Esa película debe ser bien vieja, porque todavía no han pasado diez mil años desde que vino Cristo!


Más risas, más mofas. La boletera mira a su alrededor sin saber qué decir. Sujeta los boletos del joven, inmóviles en su mano. Más risas, más mofas. Le apuntan con el dedo y se ríen. Todos en la fila se ríen, todos se dan palmadas en la espalda, todos se doblan por la falta de respiración. Los empleados al lado de ella también se ríen. Todos se ríen. Un señor cae al suelo, su mano en el pecho, tosiendo y riéndose a la misma vez. Los demás se ríen de él. Una joven cae al lado de su novio y se trata de abrir el cuello para respirar pero no puede dejar de reír. Su novio se ríe y pronto cae desplomado encima de ella. La cabeza de uno de los empleados cae sobre el escritorio, con la lengua seca y por fuera. La fila se descompone, las risas se reducen, más personas caen y los que quedan vivos vomitan sobre los cuerpos a sus pies. Se ahogan y mueren.


La boletera mira a su alrededor desierto. Los muertos están apiñados unos encima de otros, cubiertos de sangre y vómito. Las extremidades dobladas en ángulos incómodos, no tuvieron tiempo para acomodarse. Los mira y se ríe.





Andando con tranquilidad y paz interna, dándome cuenta de lo hermoso que es el día, zumbando una tonada en mi mente, saltando con alegría y felicidad, una sonrisa apoderándose de mi cara, el viento rozándome la cabellera, el sol calentándome la piel, mirando con interés el vagabundo que venía acercándose lentamente, mientras yo iba saliendo del correo central, me detengo para cederle el paso.

Me agarra la mano, me habla con una voz ronca y aliento apestoso:

- Con su permiso, ¿conoce de algún trompetista?

Por tres segundos lo miro, mi mente en blanco.

- No.
-Ok, gracias. Tenga un buen día.

Todavía no entiendo…

There’s just something about a tombstone, isn’t there? A sense of finality. Closure. A dawning of realism that drives you down and pummels you into the ground deep enough so you don’t float away into your thoughts. The clearing of throats; the muffled sniffles; the mourning sobs; the sudden frowns and turning of heads when a cell phone explodes into a ringtone of “Living la Vida Loca”; the innocent children laughing and playing in the grass, unaware of what’s going on.

Even the wind seems to carry around a weight on its shoulders. Almost like it’s embarrassed of having to rush itself through the crowds and over their beloved buried ones. It carries a smell with it too. It tastes bitter and a little fruity. Maybe it’s trying to cheer us up. Maybe it knows what lies in the afterlife and it’s trying to tell us not to worry. Or perhaps it’s telling us nothing, because it’s just wind.

The air is always cold; the weather is always damp.
Everything just feels ruined.

The trail of cloaks and dresses sway with the force of the wind and, with it, the sorrow of some of those attending sometimes lifts up and leaves their bodies. If only for a few seconds.

It’s always hard to offer comfort, when one is also affected by loss.

For those affected the most, it doesn’t even begin to sink in until a while later. They still see the world in a haze, a shroud clouding every thought and every facet of reality; still in denial in front of death. Still thinking they’re going to see those hands reach up and ask for help. And they’ll come running. They’ll run down that ditch in a second and lift them up to the world; lift them up to safety. But, alas, it ends with a shovelful of dirt and a droplet of rain.

No wind, or rain, or ringtone can bring them down to earth like a tombstone.

So, entro desapercibido en el cine y me encuentro con mi pareja.

-Te tengo una sorpresa -me dijo.
-Ah, ¿si? -!Tremendo!, pensé.
-Ya compré las taquillas para la película.

Quizás en este momento, ocultada entre sus ojos traslucientes y su sonrisa maquiavélica, hubiese sido bien fácil ver su maldad innata. Sonrío brevemente y sigo ignorante a su lado, guiado de la mano como un bebe tonto e inocente.

Ya tenía el ‘popcorn’ en las manos y un refresco grande para los dos.

Todavía, al día de hoy, me pregunto por qué no miré detenidamente la señal del boletero que nos dejó entrar hacia la sala -una mirada de susto; una advertencia silenciosa que, como hombre, debía ser capaz de reconocer.

Tampoco sé cómo no vi el nombre de la película brillando en el aparato mecánico instalado encima de la puerta, que probablemente también me trataba de advertir sobre lo que estaba sucediendo. Como un animalito sujetado por una correa invisible me llevaron lentamente hacia el cuarto terrible. Mi pareja me miraba constantemente, mientras nos acercábamos más y más. Su sonrisa bella cruzándole la cara. Tan linda, ella. Me sentía caliente. ¿Una reacción física por falta de calefacción, o una señal de que estaba cada vez más cerca del infierno?

Entramos al salón de la película y la muy maldita me dejó escoger los asientos. Yo, pensando que disfrutaríamos de una velada interesante, decidí sentarnos en el mismo medio de la fila, en el mismo medio del salón. Teníamos toda la vista panorámica a nuestro alcance y todas las bocinas exageradas rodeándonos. Quizás la última señal que me mandó el destino fue cuando me percaté de que éramos los únicos viendo la película.

Los cortos pasaron igual de desapercibidos que si no hubiesen pasados. Eran iguales a los de siempre: anuncios mal gravados y llenos de gente prematura que no sabe actuar.

Y de pronto, como un disparo en la cara, comenzó la película.

Mis sentidos se convirtieron borrosos, no sabía donde estaba, no podía respirar, un guante de acero me apretaba la garganta y me abría los ojos. Un peso infinito me presionaba en el asiento. Sudaba como loco y el aire se sentía escalofriantemente frío. Forcejeaba en vano contra la fuerza maligna que llenó el salón. Lo único que pude hacer fue un grito de angustia que nadie escuchó.
Comprendí mi desdicha. Logré mirar a mi lado y escuchar a la mujer que amo reírse con una carcajada que chilló como un trueno; como la risa de la bruja malvada que logró confabular a los niñitos para luego comérselos.

Aprisionado, incapaz de escapar, tuve que ver la película…

Parado en una luz frente a la estación policiaca más grande de Puerto Rico, veo a tres oficiales comiendo en la acera y varias patrullas circulando el área. Entre los carros bandoleaba una motora conducida por un joven que no tenía la protección adecuada (además de requerida por ley). Se detuvo en la luz, junto a mí, y miró hacia las patrullas detenidas más atras y a los guardias parados a pocos pies de distancia de él. Estrechó la mano entre sus piernas, levantó una botella de cerveza y bebió hasta que la luz cambió a verde. La guardó y continuó en su camino.
Estrechó la mano entre sus piernas, levantó una botella de cerveza y bebió hasta que la luz cambió a verde
¿Esta persona es descarada, o extremadamente valiente?

Dogs & Cats

WARNING!

One day, soon, all the dogs will eat all the cats in the world. This will bring about an epidemic of rats and mice, as well as other such rodents which cats tend to kill for fun. The furry things will procreate to an extreme level, which will probably lead to a new evolution that protects them from poisons and traps, probably makes them develop wings or something.

But that's not the worst part.

The owls and other bird-type hunters will have such an overwhelming amount of food running about that it will warp their minds and make them susceptible to hunting bigger prey. Soon after, birds will be trying to eat gazelles and zebras, and the crocodiles will have nothing to eat so they will eat themselves and perish as well. The gazelles will have nowhere to run, with everything trying to eat them, and eventually they will form a fragile alliance with the humans -who, by this point, are struggling for control- in which the humans will use them to carry stuff around and look cute in museums and petting zoos, in exchange for protection. Once the birds realize this, they will turn their
warbeaks against the humans -and thus begins the first interracial war- and begin systematically taking them down.

First Washington will fall.

Then New York.

Then London.

Then Pretoria -but that's in Africa, so no one will really care about that one.

And soon, the humans begin hiding in caves and underwater, unable to defend themselves against the onslaught of the birds (like in the cool movie!). The gazelles will find their protection to be frigid at best, once the humans become the primary source of food for the larger birds. The tropical forests and the other wildlife habitats will fall under a strict martial rule of the Avians -they will change their names to that.

The rodents who developed wings will take flight then, and join the Avians in the sky. But the Avians will find their territory
threatened and start a fight. But the rodents are too many -there's just no way to stop a mutated rat with wings! So the fight lasts only for a short while, until the birds decide it's in their best interests to unite and form an alliance with the rodents.

The thing will last for several years, until a few rodents decide they don't want to keep living with feathery friends. The will publicly declare in a press conference, that "
whichever rodents wish to return to their lifestyles of old, could unite in the ceremonial conference room at the end of August, where the AviRode Treaty (the famous alliance between Avians and Rodents) would be officially out of jurisdiction. Those who hate Avians, are welcome too."

However, the birds, astute as ever, will decide to massacre those gathered rodents, and cover it all up with a clever ruse. Some rodents will eventually catch up with the truth of the incident and begin to form an underground resistance called 'WHAT' (We.Hate.Avians.Too.) -these rodents weren't the brightest of the bunch.

After years of struggling, and guerrilla warfare, they will manage a shocking victory against the Avians and force them back into the trees (by this, I mean a whole other continent). And the rats will rule over the western world...until the humans realize what happened, and bring out their guns and eradicate the rats. They then find no other source of nourishment, so they eat the gazelles.

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