So, entro desapercibido en el cine y me encuentro con mi pareja.

-Te tengo una sorpresa -me dijo.
-Ah, ¿si? -!Tremendo!, pensé.
-Ya compré las taquillas para la película.

Quizás en este momento, ocultada entre sus ojos traslucientes y su sonrisa maquiavélica, hubiese sido bien fácil ver su maldad innata. Sonrío brevemente y sigo ignorante a su lado, guiado de la mano como un bebe tonto e inocente.

Ya tenía el ‘popcorn’ en las manos y un refresco grande para los dos.

Todavía, al día de hoy, me pregunto por qué no miré detenidamente la señal del boletero que nos dejó entrar hacia la sala -una mirada de susto; una advertencia silenciosa que, como hombre, debía ser capaz de reconocer.

Tampoco sé cómo no vi el nombre de la película brillando en el aparato mecánico instalado encima de la puerta, que probablemente también me trataba de advertir sobre lo que estaba sucediendo. Como un animalito sujetado por una correa invisible me llevaron lentamente hacia el cuarto terrible. Mi pareja me miraba constantemente, mientras nos acercábamos más y más. Su sonrisa bella cruzándole la cara. Tan linda, ella. Me sentía caliente. ¿Una reacción física por falta de calefacción, o una señal de que estaba cada vez más cerca del infierno?

Entramos al salón de la película y la muy maldita me dejó escoger los asientos. Yo, pensando que disfrutaríamos de una velada interesante, decidí sentarnos en el mismo medio de la fila, en el mismo medio del salón. Teníamos toda la vista panorámica a nuestro alcance y todas las bocinas exageradas rodeándonos. Quizás la última señal que me mandó el destino fue cuando me percaté de que éramos los únicos viendo la película.

Los cortos pasaron igual de desapercibidos que si no hubiesen pasados. Eran iguales a los de siempre: anuncios mal gravados y llenos de gente prematura que no sabe actuar.

Y de pronto, como un disparo en la cara, comenzó la película.

Mis sentidos se convirtieron borrosos, no sabía donde estaba, no podía respirar, un guante de acero me apretaba la garganta y me abría los ojos. Un peso infinito me presionaba en el asiento. Sudaba como loco y el aire se sentía escalofriantemente frío. Forcejeaba en vano contra la fuerza maligna que llenó el salón. Lo único que pude hacer fue un grito de angustia que nadie escuchó.
Comprendí mi desdicha. Logré mirar a mi lado y escuchar a la mujer que amo reírse con una carcajada que chilló como un trueno; como la risa de la bruja malvada que logró confabular a los niñitos para luego comérselos.

Aprisionado, incapaz de escapar, tuve que ver la película…

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